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Ecuador vive una de las crisis éticas más profundas de las últimas décadas. Casi a diario se descubren las profundas ramificaciones de la corrupción por casos de enriquecimiento ilícito, de proyectos de infraestructura con millones de dólares de sobreprecio y de sobornos pagados por empresas privadas a servidores públicos.

La corrupción no sólo se da cuando pocos se apropian de los recursos públicos. También ocurre cuando se impone la cultura del irrespeto a las leyes, a la palabra y a prácticas que permiten la convivencia civilizada en sociedad. El incumplimiento, por ejemplo, de las normas de construcción generó la pérdida de tantas vidas durante el terremoto de abril del 2016. La corrupción es, por tanto, la peor forma de violencia porque no sólo roba sino que también mata

Por ello, combatir la corrupción requiere estrategias integrales que incluyan la ley, la ética, y la cultura. Experimentos sociales recientes demuestran que no se trata tanto de la probabilidad de ser sancionado legalmente cuanto de cuan aceptado es actuar deshonestamente en el círculo social. Por ello, es clave promover mecanismos de regulación cultural que no toleren la impunidad y sancionen socialmente a quienes se apropian de los recursos públicos.

Este debate nos ha permitido analizar diferentes estrategias para enfrentar la corrupción y sus consecuencias sociales, económicas y morales. Confío haber fundamentado el argumento que buenas leyes son importantes pero no son suficientes para combatir la corrupción. Sólo empoderando a la ciudadanía para exigir que los recursos públicos se manejen con transparencia y austeridad, lograremos construir una sociedad donde se honre la decencia y donde, como no se pierde un centavo, es posible el desarrollo para todos.

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